Este
14 de febrero, con ocasión del Día de San Valentín, una pareja de la diversidad
sexual, hizo un experimento muy interesante en el Registro Civil, captado, me
parece, de manera insuficiente por los medios de comunicación.
El experimento
Siendo
ambas personas de género masculino, pero de diferente sexo legal, pidieron
autorización para casarse en una oficina del Registro Civil de Santiago. Inicialmente,
el permiso les fue negado por poseer las dos género masculino. Pero al
constatarse que su sexo legal (la M y F en el carnet) es diferente, no pudo ser
negado de plano, aunque, arguyendo un resquicio, se pasó dicha autorización a una
instancia superior.
Aclaremos
que se trató de un experimento destinado a mostrar el mal funcionamiento del
sistema público en materia identitaria. Y fue un experimento, porque Elías
y Lukas, sus protagonistas, no son pareja en realidad, y uno de ellos, Lukas,
es un hombre trans heterosexual, o sea, tiene identidad de género masculina (no
obstante, su sexo femenino) y siente atracción por las mujeres. La orientación sexual,
también aclaremos, no se define por el sexo biológico de la persona deseada,
sino por el género de ella.
Este
experimento, además de poner de manifiesto las inconsistencias del sistema
registral (lo que es extensivo a gran parte del aparato público), mostró, de
manera patente, la ignorancia de los funcionarios del Registro Civil que ahí
intervinieron sobre conceptos básicos asociados a la identidad sexual de las
personas, en particular los de orientación sexual e identidad de género.
Orientación sexual e identidad de género
Entre otros
elementos que conforman la identidad sexual de las personas, estos son de gran importancia, tanto así que han sido reconocidos por el sistema internacional
de los derechos humanos y, para el caso de Chile, recientemente, por la ley
antidiscriminación, N° 20.609.
Todas
las personas, no sólo las homosexuales, tienen una orientación sexual, es decir
sienten atracción afectiva y erótica hacia personas de distinto, del mismo o de
ambos sexos. Asimismo, todas sin excepción, poseen una identidad de género, o
sea, se autoperciben como hombres o mujeres, independiente del sexo biológico
con que llegaron al mundo. Aquellas en que su identidad de género no coincide
con el sexo biológico son las llamadas personas
trans.
Pues
bien, lo interesante del experimento en comento, muy bien pensado por sus organizadores,
es que puso en juego la inconsistencia (e ignorancia) del sistema en relación a
estos dos elementos esenciales de la identidad sexual de las personas. La principal
lección de esta perfomance (la llamo
así en el mejor sentido de la palabra) es que el sistema público, en particular
el registral, no está a la altura de los tiempos para enfrentar situaciones que
lo pongan en juego en materia identitaria.
El tema de fondo
Los
medios han recalcado un asunto menor, algo suficientemente sabido: que en Chile
no existe matrimonio igualitario, aquel que permite la unión matrimonial entre personas
del mismo sexo. Pero lo más de fondo, a mi modo de ver, es que el sistema
público (en este caso, el registral) no distingue (y, al parecer, no asimila)
la diferencia entre los conceptos de sexo y género; y, específicamente, entre
los de orientación sexual e identidad de género.
Además
de que el matrimonio no está abierto a personas del mismo sexo, aunque
curiosamente sí a las del mismo género, el problema es que este sistema reduce el reconocimiento de la identidad
sexual-legal de las personas al mero sexo biológico o genital, sin considerar
el género (la construcción sociocultural de la sexualidad, desde la propia
autonomía y desde el aprendizaje social); y sin, asimismo, tomar en cuenta un
elemento más específico dentro de la categoría género, el de identidad de
género, arriba definido.
Por un
afán estrecho de reducir el matrimonio a hombres y mujeres —sin captar que
estos conceptos no se reducen a lo meramente biológico, sino que se construyen
y reconstruyen continuamente (y no necesariamente apuntando al “cambio de sexo”,
social o corpóreo, caso específico, como ya vimos, de las personas trans)—, se
da el absurdo que lo que se quiere asegurar, las uniones entre mujeres y hombres,
es algo que, en términos socio-legales puede, eventualmente, burlarse, sin necesidad
de modificar el artículo 102 del Código Civil.
Veamos
un ejemplo, no exactamente similar al del experimento que aquí comentamos. ¿Qué
pasaría si una mujer trans (que nació con sexo biológico masculino, pero que se
asume y expresa como de género femenino) es lesbiana, o sea, siente atracción
por las mujeres?
Pues
bien, debido a que el sistema chileno, ahora el judicial, en la inmensa mayoría
de los casos, para el cambio de la identidad legal de las personas trans (es
decir, para adecuarla a su identidad de género en el carnet), exige una cirugía
de reconstrucción genital —nuevamente reduciendo la identidad sexual a lo meramente
biológico—, es perfectamente posible que esa mujer pueda, conforme a la actual
legislación, y dado el no reconocimiento de la identidad de género de las personas sin que medie dicha operación,
casarse con su pareja, también mujer, con la salvedad de que solo a una de
ellas, el Estado le reconoce su identidad de género, mientras que a la otra, se
la niega.
Mi gran conclusión
Podrían
seguir sacándose muchas otras lecciones como, por ejemplo, la necesidad urgente
de educar a los funcionarios públicos. Pero mi gran conclusión es que el
experimento analizado no sólo puso en el tapete, algo que ya sabíamos, que
en Chile está prohibido el matrimonio para personas del mismo sexo, sino algo
mucho más profundo: que el Estado de Chile se atribuye la potestad de negar la
identidad sexual que las personas quieren para sí. O, dicho de otro modo, de determinar
lo que las personas “deben ser”, aunque en la práctica sean de otra manera.
Si no
parece grave lo anterior, si no resulta criticable que el Estado se meta en la
determinación de la identidad de las personas, entonces la libertad humana vale
muy poca cosa en este país. La libertad no puede reducirse, como lo hace cierta derecha
economicista ("novoísta", al decir de Eugenio Tironi), a la mera iniciativa empresarial, con la menor cantidad de regulaciones de parte del Estado.
La
libertad se vive todos los días, siendo elemental para vivirla con un mínimo de
dignidad el poder ser lo que se quiere ser, algo que el Estado de Chile no sólo cuestiona, sino que controla hasta el extremo, como quedó demostrado con el experimento de Elías y Lukas.
Nota: Columna publicada en El Quinto Poder (16 de febrero de 2013).